Minas de Jaravía y San Juan de los Terreros

poblado minero sierra del aguilon

Siempre es un placer volver a los orígenes, a la tierra de tus antepasados, a aquellos lugares tan familiares que un día fueron tuyos y que en cierta manera lo siguen siendo. Son vínculos fuertes y particularmente, en esta ocasión, me ha encantado compartir esta ruta con mi prima, sus hijas y mi hermano. Una ruta familiar, diferente, colmada de paisajes singulares, sonrisas y afectos.

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Erizos de Mar, Erizos de Monte y publico por que me toca

Genoveses Azul

“Lapso”, tiempo congelado, extracto de una secuencia, fotograma intermedio donde un Erizo de Mar muta, en una mañana, a Erizo de Monte, así es, pues haberlos “haylos”.

Porque aquel día cogí mi billete en primera fila para ver de nuevo amanecer, una película que no me canso de visionar, un estreno diario que también muta en sus matices y colores. Temprano, bien temprano, tanto que en un control rutinario el agente me hace parar el coche, se acerca con el cacharrito de soplar, me da las “buenas noches” y yo le contesto con un “buenos días”, observa mi mochila en el asiento de copiloto, sonríe y me indica que puedo proseguir. ¿Será también senderista?, ¿quizás también ocupa de vez en cuando su asiento en el Cine de la Naturaleza?, “FREE ENTRANCE “.

Toma asiento!
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Playa de la barca hundida

El Camino

“Quien busca Tesoros halla Piedras en el Camino… Quien busca Piedras halla Tesoros en las Veredas” 

Porque la obligación del caminante es el Camino, no existe el destino, ni las promesas de un hallazgo, tan solo son presentes los pasos que hacen el Camino. El Futuro es un impulso, un pie avanzando por delante del otro, el Presente es el sonido de esos pasos. Así, uno a uno, diez a diez, y todo lo que queda atrás es el Pasado, imposible deshacer los pasos.

Caminar solo, cuando despunta el día, estrenar ese paisaje, es el verdadero Tesoro que aguarda al caminante bucanero. Las arcas llenas, poniendo rumbo al capricho del viento, y el timón a merced de las sinuosas rutas de las veredas.

Hacía tanto tiempo ya…

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La Isleta del Moro

el saludo de los astros

Como en aquella película, “Lady Halcón“, y sin entrar en fílmicas cuestiones románticas de guión hollywoodiense, los astros, nuestros astros, la luna y el sol, comparten furtivos momentos de encuentro. Toman relevo, el uno de la otra, y se cuentan y dan parte de lo acontecido en su rutinario y cíclico turno de guardia. En la distancia, sus fuerzas gravitatorias, invisibles, ponen en marcha la rueda de lo cotidiano, el devenir de las horas que marca nuestro ritmo vital. Día tras día, noche tras noche, por años, siglos y milenios, motor celeste, increíble artefacto que sin embargo nos pasa desapercibido, a nosotros, pequeños hamsters de la rueda astral.

Tan sencillo como apearse, del podium antropocéntrico, de la inercia de nuestra mente, tan sencillo como observar, desde miradores privilegiados como la Isleta del Moro.

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Norias del Parque Natural

noria3

En esta tierra, tan escasa de agua dulce, las Norias ocuparon un papel fundamental en el desarrollo agrario de la zona. En vuestros paseos y visitas por el Parque Natural Cabo de Gata-Níjar podréis ver, en numerosos emplazamientos, vestigios de estas peculiares construcciones. Desde hace algún tiempo algunas de ellas han sido restauradas, la más conocida sin duda la situada en el Pozo de los Frailes, muy cerca de la turística San José.

Otro ejemplo muy ilustrativo es estas Norias de Sangre (llamada así por la utilización de animales de tiro) es la situada en las inmediaciones de El Playazo de Rodalquilar.

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Acantilados fósiles de Rodalquilar

el playazo
Sensación extraña, andar sobre un fósil, gigantesco dinosaurio petrificado y esculpido por los años, las mareas y los vientos. Reconozco que el nombrecito en cuestión me llamó la atención la primera vez que lo escuché, pero son numerosos los “acantilados fósiles” que podemos encontrar en el litoral almeriense. Este se sitúa junto al Playazo de Rodalquilar, siguiendo la vereda que sale junto al castillo en dirección a Las Negras.

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Mónsul y las rocas durmientes

monsul despertando

Sigilosamente, amortiguando el sonido de mis pasos en la arena húmeda de relente, trato de no despertar a las rocas durmientes del entorno de Mónsul. Pues a esa hora primera, aún andan adormiladas, hasta que el sonido sordo del despertador amarillo les hace bostezar, dilata piedras y oquedades mientras se miran unas a otras contando las bajas de la noche pasada en la permanente batalla erosiva de las olas.

Y me miran de reojo, me reconocen, y son conscientes que tenemos un pacto, una alianza, y que mi presencia allí tan sólo obedece al cumplimiento de la misma, contar su historia…

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